Estuvo cerca

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Vivir en la altura de Puno tiene sus serias desventajas: morir de neumonía de niño por ejemplo. En mi caso sobreviví a punta de remedios caseros idas y vueltas al hospital etc. Ya tenía más de 23 cuando me dio un resfriado que se fue de las manos.

No llegué a ir al hospital por bruto, pensando que soy invencible y que mi cuerpo latino/andino, al no ser seleccionado para las filas de mortalidad infantil, ya tenía un pasaporte hasta los 80 años por lo menos. No fue así, mi garganta estaba tan inflamada que incluso al toser suavemente algunos colgajos que se me formaron (intuyo) tapaban mi respiración de vuelta y empezaba a ahogarme casi de inmediato. Pero siempre había alguien vigoroso cerca con brazos suficientes para rodear mi panza y aplicar con urgencia la maniobra esa (Heimlich).

Estuve así varias semanas, o meses creo, en la familia y el trabajo a veces interrumpía la cotidianidad con un atoro súbito para continuar con lo nuestro minutos después. Era tan irresponsable que incluso salía de parranda arriesgando la vida con insistencia.

Un buen mal día, muy tranquilo y sin novedad interesante que recuerde, me recosté luego del trabajo en mi camita de ese entonces a ver si el televisor me entretenía un poco antes de quedar dormido. Cuando de pronto una breve y suave tos ocurrió sin avisar, había tomado suficiente aire antes de ello como si mi cuerpo presagiaba lo que venía, esta vez no había nadie cerca no había nadie a quién señalarle desesperadamente hacia mi garganta para que me ayude, estaba completamente solo, entonces el tiempo se detuvo.

En el primer segundo caí en la cuenta que mi final estaba cerca y no tenía mucha oportunidad para sobrevivir. Qué rápido hace cálculos nuestra mente cuando está en peligro, en ese primer segundo había barajado unas cuántas opciones para salvar la vida pero todo resultaba en lo mismo: moriré y no había mucho que hacer. Salir de casa iba a costarme más de treinta segundos y era muy poco probable encontrar a alguien en la calle que me entienda y ayude de manera efectiva. La otra opción era buscar a un primo que vivía en el sótano de la casa, pero yo sabía que no estaba… «es el fin!» me dije a mi mismo.

Me levante de la cama suavemente sin desesperar demasiado el paso pero con prisa, tratando de no gastar el poco oxigeno que me tenía con vida. Fui a buscar a mi primo a las mazmorras de la casa a ver si por alguna casualidad había regresado o no se había ido, mientras doy los primeros pasos antes de bajar las escaleras pienso:

– Mi patio no está terminado tenía un avance en el empedrado pero hacía falta mucho cemento y acabados para poder albergar un pesado ataúd donde reposaré. No tenía suficientes sillas para que vengan amigos y familiares, entonces tendrán que velarme en una capilla que tendrán que alquilar.

– ¿Qué le dirían a mi madre? espero encuentren unas palabras suaves (si existe tal cosa) para dar tal tipo de noticia. ¿Quién se encargaría de avisar a los amigos? Quizás se enteren por un post mal hecho en el Facebook, odiaría que digan «Te nos adelantaste…»

– Tenía ya algunas cosas publicadas en el Internet, poseía algunos dominios y servidores, de pronto el pánico me atrapó al darme cuenta que no tenía anotada en ninguna parte las contraseñas ni procedimientos para resguardar esa vida digital que al parecer (incluso ahora) no vale nada pero era lo que en ese entonces preocupaba más ¿Cómo iban a renovar los dominios que nunca usé? ¿Qué iba a ser de mis archivos y complejas librerías que había creado para ser usadas solo por mi? ¿Revisarán mi historial de navegación post mortem? ya no valía la pena volver para borrar todo eso.

– ¿Con qué adornarían mi tumba? ¿Cómo podría escoger el diseño de mi epitafio si me queda menos de un minuto de vida? Debo decir que el nombre de éste blog «Fatal Exception» surgió semanas después de ese incidente, y es justo lo que quisiera que vaya en mi epitafio «A fatal exception has occurred», habrá tiempo para pensar en los otros detalles.

Termino de bajar las escaleras de primer piso hacia el sótano pensando en el dinerito que le haré gastar a la familia. Los ataúdes y demás accesorios no son baratos y alguien debe pagarlos. «No tener dónde caerse muerto» cobra sentido.

Toco la puerta del primo y nadie contesta, sigo tocando más fuerte convenciéndome que estaba perdiendo el tiempo y engañándome a mi mismo. Trato de salir hacia la desolada calle pero ya siento los estragos de la falta de oxigeno, en el camino diviso la puerta de un inquilino que también sabía que no estaba pero ya con la vista borrosa y sin fuerzas alcanzo a patear su puerta antes de caer desmayado.

Recobro la conciencia momentos después, el inquilino que siempre saludaba con un quejido como respuesta, el sujeto que no parecía tan amigable y al que evitaba siempre que podía, él salvó mi vida. Recuerdo decirle con dificultad que ya puedo respirar mientras mi cuerpo era sacudido salvajemente.

… continuará en la segunda parte.